Todos sabemos que la historia la escriben los
buenos, pero el dulce lo ponen los malos. Por eso nos cae bien Loki y Thor es para las minas. Todos, alguna vez, imitamos la mueca dental pos negación de Luke cuando descubre que Darth Vader es su padre. Nos hubiese encantado que sea
Skar el que sea cae del alcantilado y quede colgado de las pelotas en lugar de
Mufasa. ¿Hubo alguna vez algún villano más querido que El Joker de Heath
Ledger? ¿Qué sería de las historias sin ellos?
Hubo tal vez un día, porque habíamos elegido
olvidarlo, en el que nuestro héroe encontró su Némesis, ese que sin medirlo le
aplicó mafía de la forma más dolorosa: micrófono en mano, la que siempre fue su
arma.
Y fue dolor, todo. Las tardes se volvieron grises.
Los entrenamientos se volvieron rutina de convictos. Un puñado de días después
lo que era una ventana transparente se convertía en vidrios desperdigados por
el piso. Como Batman después de Harvey Dent y los tiros, nuestro ídolo se
convertía en el perseguido, en la presa; en paria de un club al que tantas
veces había rescatado. Caruso Lombardi fue despedido. Por culpa de Juan Camilo
Angulo.
A lo mejor al lector ya descifró el final de esta
historia. Pero vale la pena recordarlo, puesto que como toda historia pochoclera,
mantuvo en vilo a los fanáticos. Angulo llegó a Tigre en 2010, tras debutar en el
America de Cali de su Colombia natal dos años antes. Lateral derecho con
proyección (al menos eso decía el folleto) su paso por Tigre no sería recordado
de no ser por la razón que estamos escribiendo.
Despechado, dolido, a lo mejor algo celoso, Juan
Camilo Angulo Villegas se levantó un día de su cama con ganas de ensuciar. Después
de hacer pis en la cocina de su departamento, explotó por radio con una
declaración: “Caruso Lombardi le pidió plata a mi representante para jugar en
Tigre”.
El bueno de Ricardo estaba preparando cubitos cuando escuchó
la noticia en la radio, lo que le hizo perder el equilirio y volcar su contenido en el suelo,
conformando una paradoja con su enemigo que minutos antes también había
empapado la cocina. Caruso sabía lo que venía. Habían gritado lo que hasta
ahora era un murmullo. Lo habían derrotado. Muchos se animaron a redactar unaintención de renuncia y lo esperaron por la sede del Matador. Lo que muy pocos saben, claro, es que
esa tarde en Victoria, Ricardo Caruso Lombardi lloró.
(Continuará)
