sábado, 21 de septiembre de 2013

Retratos de un ídolo: Un devoto del amor



Cuenta la leyenda que, allá lejos, en la época dorada del periodismo argentino, nacía en algún punto del año 1943, Horacio Pagani. Puchito (así le dicen en el barrio) no era un hombre cualquiera sino un romántico de esos que no abundan, un caballero, un tipo delicado. Su éxito con el sexo opuesto era incuestionable, había nacido para eso. El pasar de los años y la experiencia le habían revelado trucos que casi nadie sabía. Además de romántico, Horacito era un sabio.

La vida de Pagani transcurría con calma. Había transitado una adolescencia de pasión y lujuria, tenía un talento, un don, y él era consciente de eso. Transcurría el año 1996 y mientras Horacio desayunaba con la cotidianeidad que lo caracterizaba en sus años mozos, un pibito de San Fernando debutaba en Boca Juniors y comenzaba a hacer sus armas en uno de los "grandes" de nuestro país. Se llamaba Juan Román, y realmente era un virtuoso, se notaba su futuro de apenas mirarlo, iba a ser bueno, Horacio lo notó.

Para aquella época Pagani ya ocupaba un rol de importancia en el periodismo. Era un hombre referente, experimentado y por supuesto una voz autorizada para hablar de fútbol. Los años en el diario lo habían puesto al tanto, ya había oído hablar del joven Riquelme, una joyita de Boca que venía de Argentinos.

El tiempo solo acomodó las cosas, le hizo un guiño al destino y se pusieron de acuerdo. Horacio conocía a Juan Román. El instante era mágico, describirlo sería digno de una obra literaria (créame el redactor no tiene tanto talento), era un flechazo, amor a primera vista. Pagani contenía una catarata de emociones, se sentía raro, parecía que de tanto ver fútbol algo se le había escapado.
Cuentan voces autorizadas que aquella tarde (la del debut) tartamudeó por primera y única vez. Se sentía intimidado por el joven, pero a su vez sabía que ese sentimiento se llamaba amor.

Transcurrieron los años, Riquelme fue convirtiéndose en un jugador distinto y con él, Pagani se fue desvirtuando. Su carácter cambió, su temple desenfocó totalmente, se había vuelto un tipo gritón, patotero, salvaje, un malcriado. Su rol de viejo sabio desembocó en apenas un panelista que se decía fundamentalista de Riquelme. Había perdido su lucha, su obsesión lo transformó, lo convirtió en un "payaso mediático".


Aquel apodo otorgado por su compañero Alejandro Fabbri pesará en su espalda por el resto de sus días. Puchito ya no será el mismo, tampoco lo sería nunca más. Ahora estaba reconvertido, sería un hombre farandulizado, alguien poco serio, su prestigio se había ido por la borda, esta vez el amor lo había vuelto loco.