Era un secreto a voces en la
ciudad de las diagonales, de esas leyendas urbanas que se transmiten de oreja a
oreja, de generación a generación. Nadie lo acallaba, pero públicamente, nadie
se atrevía a afirmarlo. Pero cada noche, donde las luces se prenden y
bailan de colores, y las fragancias se mezclan con besos de alcohol y otros
excesos, un personaje se robaba las miradas de quienes no esperaban encontrarlo
inmerso en la escenografía lujuriosa de los pubs platenses. En cambio, para los
más frecuentes, los entendidos o y otros pernoctadores, visitar aquel lugar y
no encontrar entre la gente su figura, ya sea bailando o pegado a la barra de
las perdiciones resultaba todo un acontecimiento curioso, y que traía aparejada
una desgracia.

Y él
sabe de desgracias. Más noches de llanto que de baile curtieron la espalda de
este hombre que sobrevivió a la tragedia de perder un hijo. Quizá, razonen psicólogos más adecuos, salir
para él era alejarse un poco de eso, de esas noches donde durmió abrazado a la
almohada que supo cobijar a su hijo, mojada por sus lágrimas mientras rodaba
por el suelo. Siempre, de alguna manera, salió adelante, quizá impulsado por
sus otros hijos o embriagado por su propia esperanza. Porque la noche lo encontraba embriagado muy
rara vez, aunque la frecuentaba todos los días. Así fue en tiempos de estudio
para ser, aseguran, un excelente preparador físico cuyo talento tocó primera.
Lejos de alejarlo, la fama lo invadió. Y mientras eso sucedía, su carrera como
entrenador se tejía lenta hasta que cierta madrugada de penas, la renuncia de
Russo y Manera se convirtió en sweater y el cordero se transformó en León, o
mejor dicho en su domador y así comenzó su carrera.
Un
éxito inesperado y un estilo provocador lo catapultaron a la cima de la
consideración técnica del periodismo enfocado a nuestro balompié. Su mayor
acierto, posiblemente el que mantuvo con vida su carrera, fue darle crédito a
un lungo delantero que luego se transformó en el máximo goleador de la historia
de Boca, institución que él asegura siempre estuvo interesada en contratarlo.
De hecho algunas lenguas tímidas aseguraban que fue este entrenador quien le
sugirió a La Garza platinarse el pelo para llamar la atención de los clubes
grandes.
Provocador,
pendenciero, auto-promotor, este entrenador que asegura ser el mejor pero muy
caro vio como su carrera entraba en un declive después del fallecimiento de su
hijo, momento en el que decidió abandonar la dirección técnica de Platense para
enfocarse en recomponer su vida privada. Más tarde llegaría Lanús a su vida,
donde una levantada que salvó al club del sur del descenso ofertó una
celebración, a la que nunca llegó porque fue secuestrado. U$ 40.000 valió por
cinco horas su cabeza, salvada por Nicolás Russo, presidente del club que
dirigía. Otro hecho gris entristecía su vida.
Lo que
ya no regresaría, al menos en su carrera, sería el reconocimiento deportivo. Un
poco por su propia soberbia o sus declaraciones cargadas de humo y estimulantes
de tinta y otro por sus altibajos en cuanto a resultados, el Profe se alejó del
circuito y ya se le hizo imposible volver. Su carrera se encontró estancada y
la televisión le dio refugio por la señal de fox sports. Allí dio cátedra de
fútbol y chocó varias veces con la polémica. Mientras tanto, la noche platense
siempre fue su casa. Allí, en el boliche mitico de 8 y 57, de lunes a domingo
el que fuera potencial técnico de Boca bailoteaba entre la multitud, en remera
musculosa y bermudas blancas, señal de que su estética no siempre fue motivo de
preocupación. Así fue incluso después de que el escándalo golpease de nuevo su
puerta, cuando fue acuchillado por su concubina paraguaya, produciéndole cortes
en los genitales. Una de sus declaraciones más recordadas nació de aquella
triste escena, cuando a la salida del hospital le aseguraba a Fernando Niembro
que “tengo más puntos que el Boca de
Bianchi”. Esta era su vida ahora. Su caso llegó a Intrusos. Era un tema
pasional que él jamás aclaró ni volvió a tocar.
Finalmente,
su vida se comprometió gravemente cuando sufrió un accidente que lo mantuvo en
coma por tres meses. El hígado explotó tras colisionar con su auto después de
dejar a su hija en el colegio. Tres operaciones después, ya en su casa fue tapa
de la Revista Gente. Un tiempo después, no muy lejano, ya despuntaba el vicio
en el boliche donde es una extensión de la barra. Este cronista lo ha
comprobado.
Hace
una semana abandonó la dirección técnica del poderoso Central Córdoba de
Santiago del Estero. Alegó motivos personales frente a una hinchada que lo
insultó, momento en que aseguró que su paciencia era limitada y que no iba a
dejar manchar su trayectoria. Para nuestra desgracia, a esa altura Barcelona ya
había contratado a Vilanova.