![]() |
Cuenta la leyenda que, allá lejos, en
la época dorada del periodismo argentino, nacía en algún punto del año 1943,
Horacio Pagani. Puchito (así le dicen en el barrio) no era un hombre cualquiera
sino un romántico de esos que no abundan, un caballero, un tipo delicado. Su
éxito con el sexo opuesto era incuestionable, había nacido para eso. El pasar
de los años y la experiencia le habían revelado trucos que casi nadie sabía. Además
de romántico, Horacito era un sabio.
La vida de Pagani transcurría con
calma. Había transitado una adolescencia de pasión y lujuria, tenía un talento,
un don, y él era consciente de eso. Transcurría el año 1996 y mientras Horacio
desayunaba con la cotidianeidad que lo caracterizaba en sus años mozos, un
pibito de San Fernando debutaba en Boca Juniors y comenzaba a hacer sus armas
en uno de los "grandes" de nuestro país. Se llamaba Juan Román, y
realmente era un virtuoso, se notaba su futuro de apenas mirarlo, iba a ser
bueno, Horacio lo notó.
Para aquella época Pagani ya ocupaba
un rol de importancia en el periodismo. Era un hombre referente, experimentado
y por supuesto una voz autorizada para hablar de fútbol. Los años en el diario
lo habían puesto al tanto, ya había oído hablar del joven Riquelme, una joyita
de Boca que venía de Argentinos.
El tiempo solo acomodó las cosas, le
hizo un guiño al destino y se pusieron de acuerdo. Horacio conocía a Juan
Román. El instante era mágico, describirlo sería digno de una obra literaria (créame
el redactor no tiene tanto talento), era un flechazo, amor a primera vista. Pagani
contenía una catarata de emociones, se sentía raro, parecía que de tanto ver
fútbol algo se le había escapado.
Cuentan voces autorizadas que aquella
tarde (la del debut) tartamudeó por primera y única vez. Se sentía intimidado
por el joven, pero a su vez sabía que ese sentimiento se llamaba amor.
Transcurrieron los años, Riquelme fue convirtiéndose
en un jugador distinto y con él, Pagani se fue desvirtuando. Su carácter
cambió, su temple desenfocó totalmente, se había vuelto un tipo gritón,
patotero, salvaje, un malcriado. Su rol de viejo sabio desembocó en apenas un
panelista que se decía fundamentalista de Riquelme. Había perdido su lucha, su
obsesión lo transformó, lo convirtió en un "payaso mediático".
Aquel apodo otorgado por su compañero
Alejandro Fabbri pesará en su espalda por el resto de sus días. Puchito ya no
será el mismo, tampoco lo sería nunca más. Ahora estaba reconvertido, sería un
hombre farandulizado, alguien poco serio, su prestigio se había ido por la
borda, esta vez el amor lo había vuelto loco.

No hay comentarios:
Publicar un comentario