Corría
abril de 1954. El protagonista de esta
historia se hallaba sentado en el tercer banco a la izquierda de la señorita
Irma, muy estricta. Al lado del susodicho, compartiendo pupitre, se sentaba
Gracielita, de quien él estaba profundamente enamorado. Bueno, tan enamorado
como puede estar un nene de ocho años. En el pizarrón, mientras tanto, Irma
dibujaba globos. Los mira, los cuenta, arranca de nuevo. De repente se da
vuelta y se dirige a nuestro héroe. Le pregunta cuantos puntos van a sacar si
le venden a sus referentes. Qué cuanto tiempo va a poder sostener la falacia de
su discurso sin sus principales intérpretes del arte. Él, asustado, se mantiene
mudo. Se había distraído mirando la cera del oído de Gracielita y ahora pagaría
las culpas. Su apellido, el tercero en la lista. Los dos inmediatos
antecesores, ausentes sin aviso. Irma lo condena con la mirada a un rincón
inevitable, por distraído. Angelito intenta culparla, pero no puede. Sus
compañeros se ríen. La lista de alumnos decreta el primer foul al tres.
Año
1975. La clase de psicopedagogía se le
antoja extraña. Mucho formalismo, mucha palabra dulce, como él gusta. Pero no
hay gritos, hay suavidad. No hay polémica. Conceptos poco debatibles, verdades
irrefutables lo agobian, él necesita expresarse, mentir de ser necesario,
exagerar al mango sus virtudes en pos del folklore. Se siente asfixiado. Toma
una lapicera, y raya con fuerza el banco. Se aleja un poco para contemplar su
obra. Inconsciente de que casi cuarenta años después alguien escribiría un
texto sobre él con este titulo, Angelito escribía Aguante Villa Mitre, la puta que los re mil pario.
Quien
suscribe se reserva el derecho de asumir que el lector ya identificó al protagonista
de esta historia. Incluso se arriesga en asegurar que ya tienen presente su trayectoria,
al menos más reciente, un poco porque haría más fácil la comprensión de las
cosas y otro poco porque no tiene ganas de contarla. No se trata de una remembranza,
ni de una biografía.
Angelito
es uno de los pilares de este proyecto, uno de los padres tácitos de este blog.
No por su ideología deportiva, para bien o para mal. La belleza siempre es
subjetiva y por tanto, los gustos siempre serán diferentes. Y respetables desde
el ya. Pero no es la única lectura que despega este genio de la filosofía, la
psicopedagogía, la reparación de termo tanques y el fútbol fino. Seguramente,
esta sea la primera pero no la única vez que encuentren las andanzas de quien
descollara mundialmente como ayudante de Menotti en Barcelona o de Valdano en
Real Madrid y Tenerife, por este espacio. Tiene lógica propia: Alguien tan afecto a declarar, con
tanta verborragia y contradicción, sin tener en cuenta el desenlace de los
últimos tres equipos que dirigió, produce constantemente material para el
análisis. Y así podrán salir cosas menos serias, otras más inclinadas a una
opinión debatible.
En
esos planes, no faltaran los lectores ofendidos, como tampoco los que se
alegraran con alguno de los post de este personaje de Buenos Aires con
aspiraciones de París.
¿El
título de esta nota? Promediaba el año 2009. Su Huracán llegaba puntero a la
última cita contra el escolta Vélez Sarsfield. Un punto aventajaba al elenco de Parque
Patricios, que con dos de los tres resultados posibles, sería campeón. El resto
es historia conocida: al Globito de Cappa, a instancias de Gabriel Brazenas, le
anulan un gol legítimo de Eduardo Domínguez. Tiempo más tarde, el mismo juez
haría caso omiso a una falta del delantero de Vélez Joaquín Larrivey sobre el
arquero Monzón, permitiéndole marcar al fortín la victoria parcial y conseguir
el titulo. Minutos antes del final, y víctima de una ataque de nervios, Ángel
Cappa emitiría un grito desgarrador que aun hoy se escucha en el José
Amalfitani. Parado, en el límite de la línea, Angelito acusó a la institución
de Vélez con una frase antológica: Esconden
las pelotas, cagones de mierda.

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