Aquellos lectores que hacen de la
noche su consejera comprenderán sabiamente el concepto: No todo movimiento percibido
en las sombras termina por ser realmente una oscilación. Así parecía entenderlo
Abelardo Vallejos, enfermero encargado
del cuidado del entrenador argentino Ángel Cappa, quien cayera en coma dos años
atrás tras sufrir una hemorragia verborragica de Fase II tras declarar que la
Presidente de los argentinos Cristina Fernández le parecía una “política de pura cepa”, situación que
conllevó a la mandataria a ser intervenida quirúrgicamente tiempo después.
En el otoño de aquel crepúsculo,
Abelardo Vallejos, lector entusiasta de Las
Aventuras de Isidoro Cañones, se enfrascó en su lectura haciendo caso omiso
al lecho donde yacía Don Ángel, cuya Historia Clínica hacía reflejo del
fallecimiento de su etapa como entrenador de fútbol tras sufrir tres descensos consecutivos. En ocasiones esporádicas,
Vallejos alzaba la vista por encima de sus anteojos culo de botella y observaba
la nula reacción de quien resultaba ser su asistido.
Fue quizá en un capitulo realmente fructífero
de las historietas del playboy argentino más famoso hasta Ricky Fort donde
Vallejos dejó volar su entusiasmo y creyó percibir (aunque hizo caso omiso)
movimientos en la cama de Cappa. La repetición constante de una frase que
martillaba su cerebro que parecía decirle No
estamos solos en este Universo, Abelardo, con la voz de Sr Spook y la sensación
de invisible vibración bajo las sábanas del ex entrenador de Huracán acabaron
por incomodarlo y se puso de pie, alerta, armado con su rodilla derecha. Nada
se movía. Reinaba la calma.
En ocasiones su paciente había
evidenciado algún que otro signo de que aún permanecía con vida y que incluso
se la pasaba en grande meditando en sueños. Abelardo mantenía siempre consigo
una linterna, un balde con arena y un matafuegos; elementos de prevención que
le hubiesen sido útiles aquella noche en la que Don Ángel estuvo especialmente activo
mientras fantaseaba y una densa nube de humo negro comenzó a emanar de su cabeza,
obligando a Vallejos a apelar a sus instintos más bajos para apagar el
principio de incendio.
Esa noche sería diferente. Porque
Abelardo, observando con tenacidad y detenimiento la cabeza de Cappa (la cual
encontraba fascinante) no percibió que los dedos de Ángel lentamente volvían a
la vida, con un leve desplazamiento de su dedo índice hacía la extensión de su
mano ahora abierta. Los párpados temblaron y con ellos los de Vallejos, que
preocupado, recordó que no se había hidratado en la cantidad necesaria, volviendo
potencialmente ineficaz su posibilidad de acción. Claro está que el enfermero
no esperaba semejante reacción por parte de su custodiado.
Los dedos de Cappa chasquearon,
despejando suavemente el manto que lo ocultaba descubriendo que el pulgar de su
mano izquierda presionaba hacía abajo el meñique, conformando un perfecto
número tres digno de un infante de Sala Celeste. Su mirada se liberó finalmente y
tras un largo silencio (propiciado por el infarto que había sufrido Vallejos, a
esta altura del relato ya fallecido) una voz rasposa y ahogada por el encierro
que resultó ser la suya le devolvió la vida a sus orejas.
-Messi…
perdió… la…pasión…- exclamó como pudo, mientras se erguía en la cama. Se
puso de pie y de un salto, escapó por la ventana.
![]() |
| Cappa parece emular la famosa escena final de Terminator II: El Juicio Final cuando declara "Todavía queda un microchip" |
Pasaron casi dos años y mucha agua
abajo del puente desde aquella entrada titulada De Transexuales y esfínteres correctos, último texto publicado en
este más que discontinuo espacio en el que homenajeamos a los antihéroes de la
pelota. Reconocemos desde la trinchera la realidad adversa de quienes ilustran
estas producciones: No es sencillo ser una figura pública (de mayor o menor
relevancia) cuyos actos siempre estarán expuestos a las mordaces opiniones de
quienes consumimos constantemente el mundo del balompié.
Mas despierta Cappa una experiencia
nueva, un logrado conjunto de reflexiones de tinte agresivo fecundadas por el
valor añadido de quien actualmente se encontraba en el anonimato y lejos de la
faceta por la que debería obtener crédito que generalmente empiezan con un ¿Para
qué carajo habla este tipo? y parecen terminar en el mismo lugar.
El punto es que, en el largo
letargo que se encontraba inmerso Don Ángel, encontró la forma de reinsertarse
en el circuito criticando un mercado que le resulta inalcanzable y en el cual
él cree, haría mejor trabajo que los presentes: Crítica el estilo de juego
actual de Barcelona, espejo de sus más devotos deseos futbolísticos en el
último lustro y no conforme con semejante muestra de senilidad, psicoanalizó la
actualidad del mejor jugador del mundo determinando que Messi había perdido las ganas de jugar. Claro está que Lionel
marcó más tarde dos goles y diplomático, aseguró que no le importaban las
declaraciones de su compatriota, acaso ocultando con un ápice de vergüenza que no sabía ni
quien era en realidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario